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Andalucía tiene escudo propio, que se describe teniendo en cuenta los acuerdos de la Asamblea de Ronda de 1918, como el compuesto por la figura de un Hércules prominente entre dos columnas, expresión de la fuerza eternamente joven del espíritu, sujetando y domando a dos leones que representan la fuerza de los instintos animales, con una inscripción a los pies de una leyenda que dice: “Andalucía por sí, para España y la Humanidad” sobre el fondo de una bandera andaluza. Cierra las dos columnas un arco de medio punto con las palabras latinas “Dominator Hercules Fundator”, también sobre el fondo de la bandera andaluza.

1. ¿Qué significado tiene el escudo de Andalucía?

2. ¿Qué significado el lema “Andalucía por si, para España y la Humanidad”?

Permitidme tutearos, imbéciles 

Cuadrilla de golfos apandadores, unos y otros. Refraneros casticistas analfabetos de la derecha. Demagogos iletrados de la izquierda. Presidente de este Gobierno. Ex presidente del otro. Jefe de la patética oposición. Secretarios generales de partidos nacionales o de partidos autonómicos. Ministros y ex ministros –aquí matizaré ministros y ministras– de Educación y Cultura. Consejeros varios. Etcétera. No quiero que acabe el mes sin mentaros –el tuteo es deliberado– a la madre. Y me refiero a la madre de todos cuantos habéis tenido en vuestras manos infames la enseñanza pública en los últimos veinte o treinta años. De cuantos hacéis posible que este autocomplaciente país de mierda sea un país de más mierda todavía. De vosotros, torpes irresponsables, que extirpasteis de las aulas el latín, el griego, la Historia, la Literatura, la Geografía, el análisis inteligente, la capacidad de leer y por tanto de comprender el mundo, ciencias incluidas. De quienes, por incompetencia y desvergüenza, sois culpables de que España figure entre los países más incultos de Europa, nuestros jóvenes carezcan de comprensión lectora, los colegios privados se distancien cada vez más de los públicos en calidad de enseñanza, y los alumnos estén por debajo de la media en todas las materias evaluadas.

Pero lo peor no es eso. Lo que me hace hervir la sangre es vuestra arrogante impunidad, vuestra ausencia de autocrítica y vuestra cateta contumacia. Aquí, como de costumbre, nadie asume la culpa de nada. Hace menos de un mes, al publicarse los desoladores datos del informe Pisa 2006, a los meapilas del Pepé les faltó tiempo para echar la culpa de todo a la Logse de Maravall y Solana –que, es cierto, deberían ser ahorcados tras un juicio de Nuremberg cultural–, pasando por alto que durante dos legislaturas, o sea, ocho años de posterior gobierno, el amigo Ansar y sus secuaces se estuvieron tocando literalmente la flor en materia de Educación, destrozando la enseñanza pública en beneficio de la privada y permitiendo, a cambio de pasteleo electoral, que cada cacique de pueblo hiciera su negocio en diecisiete sistemas educativos distintos, ajenos unos a otros, con efectos devastadores en el País Vasco y Cataluña. Y en cuanto al Pesoe que ahora nos conduce a la Arcadia feliz, ahí están las reacciones oficiales, con una consejera de Educación de la Junta de Andalucía, por ejemplo, que tras veinte años de gobierno ininterrumpido en su feudo, donde la cultura roza el subdesarrollo, tiene la desfachatez de cargarle el muerto al «retraso histórico». O una ministra de Educación, la señora Cabrera, capaz de afirmar impávida que los datos están fuera de contexto, que los alumnos españoles funcionan de maravilla, que «el sistema educativo español no sólo lo hace bien, sino que lo hace muy bien» y que éste no ha fracasado porque «es capaz de responder a los retos que tiene la sociedad», entre ellos el de que «los jóvenes tienen su propio lenguaje: el chat y el sms». Con dos cojones.

 Pero lo mejor ha sido lo tuyo, presidente –recuérdame que te lo comente la próxima vez que vayas a hacerte una foto a la Real Academia Española–. Deslumbrante, lo juro, eso de que «lo que más determina la educación de cada generación es la educación de sus padres», aunque tampoco estuvo mal lo de «hemos tenido muchas generaciones en España con un bajo rendimiento educativo, fruto del país que tenemos». Dicho de otro modo, lumbrera: que después de dos mil años de Hispania grecorromana, de Quintiliano a Miguel Delibes pasando por Cervantes, Quevedo, Galdós, Clarín o Machado, la gente buena, la culta, la preparada, la que por fin va a sacar a España del hoyo, vendrá en los próximos años, al fin, gracias a futuros padres felizmente formados por tus ministros y ministras, tus Loes, tus educaciones para la ciudadanía, tu género y génera, tus pedagogos cantamañanas, tu falta de autoridad en las aulas, tu igualitarismo escolar en la mediocridad y falta de incentivo al esfuerzo, tus universitarios apáticos y tus alumnos de cuatro suspensos y tira p’alante. Pues la culpa de que ahora la cosa ande chunga, la causa de tanto disparate, descoordinación, confusión y agrafía, no la tenéis los políticos culturalmente planos. Niet. La tiene el bajo rendimiento educativo de Ortega y Gasset, Unamuno, Cajal, Menéndez Pidal, Manuel Seco, Julián Marías o Gregorio Salvador, o el de la gente que estudió bajo el franquismo: Juan Marsé, Muñoz Molina, Carmen Iglesias, José Manuel Sánchez Ron, Ignacio Bosque, Margarita Salas, Luis Mateo Díez, Álvaro Pombo, Francisco Rico y algunos otros analfabetos, padres o no, entre los que generacionalmente me incluyo.

Qué miedo me dais algunos, rediós. En serio. Cuánto más peligro tiene un imbécil que un malvado.

Arturo Pérez-Reverte, xlsemanal (abc) 23/12/2007

Tendemos a confundir inocencia con ignorancia. Pensaba en eso el otro día, viendo en la tele los estragos que cuatrocientos litros de agua por metro cuadrado pueden hacer en la estupidez y el desinterés del ser humano por las realidades físicas del mundo real en el que vive. Creemos que metiendo maquinaria y cemento podemos mover montañas, alterar cauces de ríos y cambiar el paisaje a nuestro antojo, vulnerando impunemente las leyes naturales. Nos consideramos, arrogantes, a salvo de todo, hasta que un día el Universo se despereza, bosteza un poco y pega cuatro zarpazos al azar. Entonces resulta que el coqueto paseo marítimo de Benicapullos de
la Marineta, que costó una tela, hay que demolerlo porque corta el paso a las aguas embravecidas que vuelven a correr por donde siempre corrieron desde hace siete millones de años; y que la urbanización de adosados, construida en la orilla misma del río Manolillo, se va a tomar por saco llevándose los coches, los bajos de las casas, a las abuelitas jubiladas y cuanto encuentra por delante. Luego, claro, la culpa la tiene el Pesoe, o el Pepé, o el alcalde, o Protección Civil. Los demás nos manifestamos llorando, o cabreados, pero sin culpa de nada. Exigimos indemnizaciones al Estado para recomponer nuestras vidas, y nos lamentamos porque la razón y el telediario nos asisten. Somos víctimas inocentes.

Sin embargo, siempre hubo diluvios y volcanes.
Las playas de tal o cual sitio son idílicas precisamente porque, segura de que allí cada cierto tiempo el mar pega un sartenazo, la gente se iba a vivir a otra parte, por si acaso. Los maremotos, por tanto, no son culpables de nada. Ni los terremotos. Ni lo que sea. Siempre estuvieron ahí, y hasta los animales salvajes buscaban su guarida en otros pastos. De pronto, en los últimos treinta años, o cien, o los que sean, hemos decidido, porque nos conviene, que una riada, un tsunami o una erupción de lava son fenómenos posibles, pero improbables. Así que, oiga. Ya sería mala suerte. Por una ola gigante cada siglo y medio, por una Nueva Orleáns cada cinco, no vamos a desperdiciar la playa tal o la parcela cual, que piden ladrillo a gritos. Así que llenamos de pisos el Vesubio, reconstruimos San Francisco en el mismo sitio, y situamos quince mil plazas hoteleras en una playa que está a treinta kilómetros en línea recta del volcán submarino más próximo. Y venga vuelos de bajo coste, mojitos de ron y mariachis. Con todos muy felices, claro, y fotos para la familia, y los niños jugando en playas vírgenes de arena blanca, hasta que un día el mar y el azar dicen: hoy toca. Y adiós muy buenas, chaval. Más fiambre para el telediario. O sea. Más víctimas inocentes.

Antes, al menos, había excusa. O justificación.
No siempre éramos culpables de los efectos letales de nuestra ignorancia, porque la sabiduría no estaba al alcance de todos. Estudiar era difícil, y los cuatro canallas con corona o sotana que manejaban el cotarro eran incultos o procuraban, en bien de su negocio, que la chusma lo fuera. El hombre ignoraba que el mundo es un lugar peligroso y hostil donde al menor descuido te saltas el semáforo; o lo sabía, pero no contaba con medios para evitar el daño. Sin embargo, hace tiempo que esa excusa no vale, al menos en lo que llamamos Occidente. De Pompeya a las playas asiáticas, de Troya a las Torres Gemelas, el imbécil occidental –ustedes y yo– dispone de treinta siglos de memoria escrita que se pasa por el forro de los huevos. Tenemos colegio obligatorio, televisión e Internet, y nunca hubo tanta información circulando. Quien no sabe es porque no quiere saber. Ahora somos deliberadamente ignorantes porque resulta más cómodo y barato mirar hacia otro lado y creer que nunca va a tocarnos a nosotros. Hasta que toca, claro. Hasta que el piso que compramos sin fijarnos en que estaba en el cauce de un río seco se nos llena de agua. Hasta que el viaje basura de quince euros que contratamos con una compañía cutre para sentirnos millonarios tres días bebiendo piña colada mientras nos llaman Buana o Sahib, nos deja tirados en el aeropuerto. Hasta que la hipoteca que nos atamos al cuello sin averiguar antes si cuando todo se vaya al diablo podremos pagarla, nos revienta en la cara y nos deja en la puta calle. Entonces, sí. Entonces somos víctimas inocentes, pedimos compasión, ayuda internacional y soluciones a cargo de los presupuestos del Estado, y exigimos responsabilidades a la compañía aérea, y a la cadena hotelera, y al gobierno, y a Dios, mientras agitamos en alto nuestros inútiles billetes de avión, nuestras letras que no podemos pagar, nuestras casas inundadas y nuestros muertos.

Arturo Pérez Reverte, XLsemanal, 28 de Octubre de 2007.

 Cuestiones: (Copialas en tu cuaderno y contestalas en él, para cualquier duda puedes consultar el diccionario de la RAE que se encuentra en enlaces)

1. Pon un título al texto.

2. Escribe el significado de las siguientes palabras: vulnerar, adosados, indemnización, idílico y tsunami.

3. ¿A qué se refiere el autor al decir que “vulneramos impunemente las leyes naturales”?

4. ¿A quién se suele culpar cuando ocurre un desastre natural?

5. ¿Por qué nos conviene que estos fenómenos sean posibles pero improbables?

6. ¿Por qué no nos vale ya la excusa de la ignorancia?

7. Identifica la idea principal de cada párrafo.

8. Escribe unas lineas en las que expreses tu opinión sobre el texto.

En el siguiente enlace descubriremos la prehistoria y sus diferentes etapas.

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En el siguiente enlace estudiaremos los diferentes elementos del relieve terrestre.

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«Aquí en España, todo el mundo prefiere su secta a su patria». La frase de Castelar, escrita en 1876, está más vigente que nunca. El sectarismo determina hoy la política nacional. Las dos Españas parecen cabalgar más arrogantes que nunca, entre descalificaciones y acusaciones mutuas, indispensables la una a la otra. Pero hoy no se confrontan las dos mismas Españas que poetizó Machado: la que muere y la que bosteza. Ahora las dos bostezan, de autosatisfacción consumista, mientras se acomodan en sus correspondientes plataformas mediáticas. Porque, efectivamente, las dos Españas cultivan celosamente el mercado de la opinión pública con sus respectivos palmeros. El poder de los media es de tal naturaleza que una y otra España rinden tributo de pleitesía infinita a los presuntos administradores de la llamada opinión pública.En la sociedad mediática que vivimos, ha adquirido una trascendencia que pugnan por conquistar obsesivamente las dos Españas actuales. Como frontera de diferenciación de éstas, actualmente, más que la ideología cuenta la representación, la imagen pública, a la busca ambas del monopolio del gran ídolo de la modernidad, con acusaciones de extremismo y radicalismo ideológico por ambas partes.
La España ideológica de izquierdas explota el filón del fantasma del franquismo proyectándolo sobre la España ideológica de derechas, un tanto acomplejada aun, lastrada todavía, con la mala conciencia, a cuestas, de lo que fue el franquismo.
La España ideológica de derechas, por su parte, intenta descalificar a la otra España poniendo sobre la mesa la banalidad de la retórica, mal llamada progresista, demasiado deudora de la militancia anti-franquista, y de la herencia del sarampión sesentayochista. Las dos Españas siguen arrastrando los costes del franquismo y del anti-franquismo, hipotecadas ambas por la España que fue y por la que no pudo ser.

Pero, insisto, más que la ideología, lo que pesa, esencialmente, en la hora de la confrontación es la dependencia de la opinión pública con la dicotomía integrados-apocalípticos que estableciera Umberto Eco. De una parte, están los integrados políticos, fieles, sumisos, dóciles, políticamente siempre correctos, repiten el discurso oficial establecido sin capacidad crítica. Optimistas impenitentes parecen convencidos de que todo va bien. Ante las contradicciones surgidas cuando la realidad choca con su discurso, optan por un silencio discreto. Su sentido del compromiso empieza y acaba con su seguimiento del poder dominante, que marca, en todo momento, lo que toca hacer o decir. Hábiles estrategas o tacticistas, disfrazan la mala conciencia de no haber sufrido nunca la dureza de la historia, con los sueños adánicos de ser ellos los que hagan historia.

En la otra orilla del ruedo ibérico, están los apocalípticos, los que viven fuera del Arca de Noé del poder legitimador y protector. Propensos al rasgamiento de vestiduras, a la escenificación dramática, han hecho de su irritación, ideología de oposición frontal sin matices. Con miedo al futuro, hacen gala de un pesimismo fatalista respecto al presente, planteándose la política como un ejercicio de resistencia numantina. Al relativismo moral de los integrados, ellos oponen un fundamentalismo doctrinal de principios rígidos e inalterables.

El mayor objeto de confrontación de las dos Españas, hoy, sin duda, es el modelo de construcción del Estado. Ha habido una histórica colisión, ciertamente, desde el siglo XVIII, desde que Felipe V instalara la nueva Planta en la antigua Corona de Aragón, entre la España centralista y vertical con la España horizontal y plural. La primera la defendió en el siglo XIX el pensamiento liberal, mientras que la segunda fue, más bien, patrimonio carlista y reaccionario, salvo la fugaz experiencia federal de la Primera República. La izquierda, sólo en la Segunda República, asumirá algunos de los planteamientos de los nacionalismos sin Estado y su alternativa constitucional y estatutaria buscó en el Estado autonómico la solución al problema de la invertebración hispánica. Superado el túnel del franquismo, la Constitución de 1978 enterró estas dos Españas, diseñando un modelo de Estado de las autonomías que conjugaba unidad y diversidad, pero, ahora, el enfrentamiento, parece deslizarse hacia la confrontación entre la España autonómica de la Constitución de 1978 y una nueva-vieja España confederada, austracista, plurinacional, con nostalgia del régimen previo a Felipe V. Bilateralidad, derechos históricos, naturaleza y usos de las lenguas… son fuente de conflicto entre las dos Españas actuales que se han batido a fondo en los debates estatutarios. Lo curioso del caso es que el sueño de la confederación hispánica no sólo lo tienen los nacionalistas periféricos sino que parece alentarlo la España oficial de los integrados políticos.

Entre esas dos Españas crece cada vez más la tercera España de los desengañados, los decepcionados, los perplejos ante una bipolarización cada vez más delirante. Tiene una larga tradición esa tercera España, aunque el que la denominara por primera vez, como tal, fuera Alcalá Zamora en 1937. El desengaño marcó ya las decepciones de Saavedra Fajardo en plena locura barroca entre los olivaristas y anti-olivaristas. Al final de la Ilustración fue Jovellanos el que encarnó la decepción ante el godoyismo y la posterior amarga constatación de sentirse utilizado por los primeros liberales de las Cortes de Cádiz. Después, fue Larra el que patentizó vitriólicamente su desengaño ante los conservadores y los liberales de la generación del Estatuto Real. Luego fueron los noventayochistas los que intentaron abrir paso a la regeneración entre la mediocridad de una derecha y una izquierda corruptas. Más tarde, vinieron los intelectuales insatisfechos con la dictadura primoriverista, que apostaron por la República, se decepcionaron con ella y acabaron asistiendo impotentes a la tragedia de la Guerra Civil.

El guadiana del desengaño ha recorrido, pues, toda la historia de España. Hoy, los desengañados, en medio de la polarización de las dos Españas, desconfían cada vez más de toda la clase política, de los integrados y los apocalípticos, de los arbitristas con sus pócimas mágicas y de los predicadores del supuestamente único destino trágico de
la España negra de nuestras pesadillas. No tienen miedo al futuro ni les asusta la imaginación, pero reivindican la asunción de la realidad con toda su complejidad, más allá del optimismo de la voluntad, exigen humildad autocrítica, y apelan a las lecciones de la experiencia histórica, la auténtica memoria histórica, larga y ancha. Y, desde luego, la principal lección a asumir es la necesidad de no repetir el viejo vicio sectario, cainita, al que se refería Castelar al final de la guerra Carlista: «El demagogo del mediodía que no piensa si no en la bandera roja… frente al campesino de la montaña del norte que pide la bendición a su cura y el casto beso de su madre o esposa y se va armado de su fusil a matar liberales como mataron sus padres a moros y judíos».
(Ricardo García Cárcel es catedrático de Historia Moderna en la Universidad Autónoma de Barcelona) Ricardo García Cárcel, ABC, 20/3/2007 

CUESTIONES: 

  1. ¿Qué significado tiene para ti la cita de Castelar, con la que comienza el texto?
  2. ¿Qué es el poder de los media?
  3. ¿Qué partidos políticos en la actualidad identificas con la izquierda y la derecha?
  4. ¿Qué se perseguía con la “revolución de 1968”? ¿Era de izquierdas o derechas? ¿Qué supuso?
  5. ¿Qué modelo de construcción defiende cada “España” según García Cárcel? ¿Cuáles son los antecedentes históricos de cada modelo?
  6. ¿Qué son los nacionalistas periféricos?
  7. ¿Qué tres tipos de españoles diferencia García Cárcel? Después de todo lo aprendido, dentro de cuál de ellos te situarías.
  8. Define los siguientes términos:

         Franquismo.        Antifranquismo.        Sueños adánicos.       Ruedo ibérico.         Estado autonómico.        Cainita.         Autosatisfacción consumista.         Resistencia numantina.

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En el siguiente enlace estudiremos el Imperio Bizantino en sus diferentes aspectos, política, economía, cultura, sociedad, arte…

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